lunes, 24 de octubre de 2022

 Una capa de salitre

como una piel

se ha perdido

se me está

yendo

rebusco

más abajo -o  por encima-

otra

alguna que contenga

elementos nutricios

para una nueva

fabricación.

No se encuentra mucho

por ahora

y caigo

un poco más en el 

vacío.

Envidio 

a gente 

a la que le atribuyo cosas 

que no posee, o no sé

imagino 

que les es más fácil

la frialdad

en los huesos

el rebuscamiento

del calor del sol.

De todos modos

advierto

que un poco puedo nadar en este mar

como si unas branquias

me hubieran

crecido.


lunes, 17 de octubre de 2022

 La casa respira como una ballena

quizás no vuelva a oírla

anticipo

en su latir, su pulmón de tic tac, calandria, viento, temblor de ventana

temo

se ausente

el vibrato del parlante incomprensible como un fax extemporáneo

o el sonido de masa que se cuela en los cables

los gritos locos de los teros

los grillos ensordecedores.

Se compone el sonido de la paz y la tormenta

se adivinan voces ausentes

no quiero irme de acá

necesito irme de acá 






miércoles, 25 de diciembre de 2019

Vi El Irlandés, de Martin Scorcesse.
Es una película excelente, por varias razones acerca de las que no voy a escribir, incluyendo sus hermosas actuaciones, dirección de arte, técnica de rejuvenecimiento digital y todo lo demás que hace al guión, la ubicación de las cámaras, duración de los planos y secuencias, en fin.
Me hizo reflexionar respecto de algo en particular, que justamente habíamos estado conversando con amigxs: el patriarcado y sus devenires en la actualidad, entre nosotrxs.
Me interesó especialmente como se ven las mujeres de estos mafiosos: de lejos, fumando, hablando de cosas que no escuchamos. Hay una de ellas que es hija de la mafia a su vez, proviene de una familia importante, y en el primer titubeo, la primer devastación psíquica que se ve en la cara y el cuerpo de su esposo le indica como proceder sin la menor vacilación. Como a un niño, mediante rigurosas indicaciones.
En otras oportunidades, se las ve a cargo de las crianzas de los hijos y la vida doméstica, tratando de que no se digan malas palabras o se tengan gestos descorteses ante el televisor, medio privilegiado junto con el diario para enterarse de los devenires de la política, las policiales, la circulación del poder de ese mundo de los varones.
Desde el punto de vista del protagonista, ellas están alejadas, por fuera, siendo protegidas de la violencia extrema y las guerras. Esta es la verdadera pasión y el modo de vivir el amor entre ellos, este mundo en el que se aman como hijos y padres, como hermanos, como responsables. Es una guerra desquiciada por la supervivencia, el poder y la defensa de lo conquistado, una guerra permanente y sin cuarteles. Es fabuloso el momento en el que el negocio se va diluyendo en las conversaciones y las verdaderas cosas que se dicen pasan por si tal tiene orejas grandes, se critica su pueblo de origen o si van o no vestidos como corresponde y a horario a las reuniones. Como niños, como adolescentes que se desafían.¡Son quienes rigen los destinos de EEUU ni más ni menos! Y es de ese modo...
Llega un momento en la película en que no queda más que eso. Y el amor entre ellos y la traición a la que han dedicado toda su vida, toda su fuerza vital y erotismo en una obediencia a leyes que no pueden ser modificadas. Un amor cerrado y restrictivo, de obligaciones.
                                         *                                    *                                        *
Por cierto en esa misma época había mujeres trabajadoras, obreras, prostitutas, sirvientas, profesionales, militantes del hippismo y demás, pero me detengo en estas mujeres, que miran.
Ellas están mirando.
Sobre todo las hijas.
Una en especial, la que desconcierta a estos hombres ("es sensible") y retira el habla a su padre porque ve y comprende lo que ocurre y sufre y otra más, de la cual nos enteramos todo lo que sabe y piensa por una conversación.
El protagonista tiene cuatro hijas mujeres. Queda solo pues no se lo puede amar demasiado por parte de ellas, no hay manera, en su adultez.
Va quedándose este mundo anacrónico y es comprensible que haya habido varones que no quieran estar en él, que quieran algo más para sí que la supervivencia, el cruel mundo del poder, sólo ese goce todo el tiempo, sólo amor entre varones.
Y estas mujeres que miraban que ya tampoco quieren estar ahí.
Era bueno que se ansiaran, se pudieran imaginar otras formas de vida, otros mundos pues en este pareciera que no hay modo de ser feliz, otro modo de sentir y hacer.
La película afronta este vacío, estas relaciones de amores de varones y sus remanentes, sus costos y deudas.
Te lo hace sentir.
                               

domingo, 12 de marzo de 2017

El campo se me brotó en los ojos
de las siluetas negras contra el ocaso.
Las plantas, ilimitadas e innumerables
se extendían hacia la luna.
Los perros saludaron en mí a una diosa antigua
que se escabullía en los bosques.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Era la perla del cuadro de Vermeer
en el film.
Scarlet Johansson se atraviesa la oreja para que él la pinte
la esposa enfurece
por las perlas
y la echa.

El rostro de ella, su boca
es la ostra es la perla
el tiembla al verla
fabrican los colores.

Ella acomoda una silla, corrige.
Es una película muy artie pero Scarlett es imbatible
y él no está nada mal.

Te pasas la película con esa tensión latente
sin que se consume nada (¿o si?)
Al final él le manda las perlas.

Al otro día miraba el cuadro una y otra vez por internet
es inquietante
perturbador, perverso, bello
es como si acariciaras ese rostro.
La esposa sabía, pues ella había sido pintada antes . Entonces interrumpe.
Ya está ella, para esposa.

Cometiste el error de hablar de eso con alguien
cometiste el error
siempre te sale mal ahí.

Y luego soñaste con las perlas
la serie de los aritos y el anillo al borde de la cama.

Una urgencia te vino en ese sueño que precipita las cosas
Tuviste que actuar, ocasionar, hacer.

Cierra la fase como una luna
la perla es la luna es el sueño es el reflejo en el agua de todas las noches de Scherezade.



sábado, 19 de abril de 2014

Bochita-bocha-bochino

La invención que me habita
tus conjuros ficticios
la férula de Teresa
la pata de ese pobre animal que no camina bien
ni todo
ni eso
ni nada                                             
me, te podrá decir una verdad.
Mañana le amputarán un pedazo de cuerpo
como a un anciano venerado lo cuidaremos, nos postraremos ante su pasmoso vacío
que parece, sin embargo, a veces, tanto mejor que nuestra insigne idiotez.


17/4/14

lunes, 17 de marzo de 2014

Fragmento de Una bailarina argentina, inédito

Un comienzo

Nací en una familia de clase media, en la ciudad de La Plata. Por razones un tanto azarosas asistí a una escuela primaria poco convencional que respondía al proyecto de lo que en su momento dio en llamarse Educación por el Arte. La práctica del dibujo, la pintura, la música, la lectura de literatura clásica y de distintas culturas del mundo y la aplicación de métodos pedagógicos considerados “de vanguardia” en su momento (algo similar a lo que luego se dio en llamar escuela libre o nueva), combinado con una firme disciplina institucional marcaron mi infancia. Dadas mis características personales, esta educación prendió fuertemente en mí, instalando al arte en mi vida desde la más temprana edad y con una convivencia cotidiana. Yo vivía en el centro de la ciudad pero esta escuela estaba en las afueras y tenía un gran parque, así que también me aportó una convivencia con el mundo natural, especialmente vegetal que de otro modo no hubiera tenido y de la cual disfruto hasta ahora. Amo y me conecto muy fuertemente con las plantas.
En paralelo, en mi casa, mis padres eran muy lectores y abundaban los libros de toda clase y también de muy diversa calidad, por cierto, así que tempranamente fui estimulada a leer así como  a escuchar música de la llamada clásica y tango de vanguardia (Astor Piazzolla), cosas que a mi padre le gustaban mucho y valoraba y de las que rápidamente comencé a disfrutar yo también.
También, con mis padres, hicimos muchos viajes por el país y por otros países, lo que me permitió conocer muchas formas de arte, escuchar otros idiomas, conocer otras ciudades.
De niña no pensaba que iba a ser artista y tampoco bailarina, ya que no estudié danza hasta los 17 años. Cuanto mucho imaginaba durante mi pubertad que sería escritora, ya que pasaba horas imaginando cosas, o tocando la armónica y disfrutando de la lectura y escritura. Era bastante solitaria pese a tener dos hermanos. Algo que siempre me acompañó, la necesidad de soledad, de tiempos para imaginar. Pero también siempre disfruté y sentí la necesidad del trabajo en grupos pequeños ya que no me siento cómoda en grupos numerosos.
A cierta edad estaba fuertemente interesada en el cuerpo humano y su funcionamiento por lo cual pensaba que sería bióloga. También recuerdo el interés por la representación de la figura humana en las artes plásticas, que me absorbía. Y recuerdo una época en que recortaba y luego dibujaba siluetas de bailarines de los diarios y revistas (lo que más aparecía publicado era de danza clásica pero eventualmente algo de danza moderna, que me atraía). Evidentemente mis padres, que tenían muchos conflictos entre ellos, no estaban en condiciones de percibir este interés y de sugerirme algún aprendizaje sistemático. Pero, por otro lado,  esto ocasionó que empezara a estudiar danza por propia decisión y gusto, y lo hice con una gran dedicación y disciplina, ya que además, en relación a las compañeras que luego tuve, que en general habían estudiado desde niñas, tenía la sensación de tener que “ponerme al día”.
El secundario lo hice en un colegio de la Universidad, de prestigio académico, con el sistema tradicional de enseñanza donde el arte no ocupaba precisamente un lugar central. Pese a esto recuerdo a algunos profesores (de física, de filosofía) que desde sus cátedras propiciaban la reflexión y autonomía en los alumnos, cosa que no era la norma sobre todo en épocas de gobierno militar dentro de un colegio universitario. De todos modos, estos años resultaron de una profunda angustia para mí, por lo que creo hoy era la combinación de varias cosas. Mis abuelos habían muerto, lejos, lo cual fue un golpe difícil de soportar para mi madre. Mi padre se enfermó gravemente sumiéndose luego en una larga depresión durante la que dejó de trabajar. Ello nos sumergió en graves dificultades económicas, además de en una atmósfera de desasosiego y animadversión al interior del hogar. Era evidente que llegaba el fin de la inocencia para mí, y a mi modo lo entendí inmediatamente, aunque a los golpes. Por un lado, mis padres convivían sin amarse, más bien en una sucesión de odios y guerras frías o explosivas que se alternaban, sin decidirse sin embargo a separarse, durante lo que duró varios años. Mis hermanos y yo hacíamos lo que podíamos con nosotros mismos, cada uno a su manera y librando su propia batalla por sobrevivir en soledad. Por el otro lado, mi colegio era prestigioso y de clase media, la mayoría del alumnado eran mujeres, por un lado las “tragas”, por otro las “chetas” en bandos irreconciliables. En medio una serie de inclasificables entre las que me encontraba. Los chicos con los que “había” que salir eran los del Colegio Nacional, rugbiers, rubios y con grandes jopos preferentemente. A los quince años me puse de novia con un chico que si bien encuadraba, al menos exteriormente, en algunas de las aspiraciones platenses tenía un grupo de amigos amantes del jazz, y de ciertos escritores como Artaud, Cortázar. Ellos alquilaron una casa en la que trasnochadamente se oía y tocaba música, admiraba fotografías, se hablaba de libros, se discutía alucinada y también absurda y apasionadamente, y desfilaban muchas clases de gente. Y yo estaba allí. El arte era importante para ellos, para nosotros. De hecho muchos de ellos aún hoy son artistas, también. Como ocurre a veces con todas estas cosas, al fin la veta de locura y descontrol fue creciendo y todo se desbandó. Pero para mí fue un refugio. Una zona de alta intensidad respecto de la tibia existencia del Colegio y del páramo hogareño. El exceso, el abismo, la intensidad. Otro mundo diferente del aburrido y cotidiano, del amargo y repetitivo tedio. Me di cuenta que necesitaba una vida que me aportara esta otra dimensión. Ahora sé que esa intensidad me es necesaria. La puedo transformar, la puedo vivir en las obras, en las indagaciones artísticas, cosa que entonces no era capaz de hacer. Situaba mi cuerpo en la exacta línea de tiro como ocurre con tantos adolescentes y jóvenes angustiados. Hoy, el mundo de la densidad, de la intensidad queda, en cierto modo, dentro de lo que me es posible, habitado pero conjurado. A veces me digo: “un poco de locura para no volverse loco”.
 Entonces, en esa época, durante dos años asistí al Conservatorio de música y a los diecisiete años comencé a trabajar de moza con el propósito de comprarme una flauta traversa, cosa que finalmente no hice.   
            A estudiar danza comencé en La Plata, no podría decir exactamente que me llevó a ello, quizás tuviera que ver esta sensación, esta necesidad de tener que poner el cuerpo en el centro de la escena para poder entender las cosas que me ocurrían.